jueves, 4 de diciembre de 2014

el frio de Moranchel

                                                                                                                                                                                                Cada vez me gusta más el invierno puro y duro de Moranchel.
Ayer hacía frío y hoy más frío, sí, y un poco de viento y un poco de lluvia y un poco de nieve, y los rayos del sol que suelen iluminar estas tierras habían desaparecido detrás de una espesa neblina que todo lo cubría. Pero lejos de sentirme paralizada por las bajas temperaturas, el hecho de aceptarlas, abrazarlas y hacer las paces con ellas ha activado mis sentidos y, de alguna forma sutil, me ha devuelto a la vida.
El frío me ha permitido apreciar el calor de mi aliento. El viento ha traído a mis oídos el sonido de las ramas del tilo, agitándose ligeramente, y me ha dejado ver, por fin, el nido de algún pájaro que ha decido vivir en mi jardín. Y la luz cenicienta parecía invitarme a ver el mundo en escala de grises, a salir del simplismo en blanco y negro por el que demasiado a menudo buceo.
Me he rendido al frío. Me he rendido al viento. Me he rendido a la luz agrisada. Y he sentido que rendirse, a veces, no es someterse.
¡Bienvenido diciembre! Te estaba echando de menos.


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