sábado, 21 de marzo de 2015

El Empecinado en Moranchel.

El Empecinado estuvo en Moranchel y cruzó el Tajuña en una barca...

Juan Martín el Empecinado es la novena novela de la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Narra las peripecias de Gabriel de Araceli, huérfano gaditano, ambientadas en la época de la Guerra de Independencia entre España y Francia. Esta entrega se centra en las aventuras de Gabriel entre las filas de los guerrilleros comandados por Juan Martín el Empecinado, describiendo de modo exhaustivo la forma de vida en la guerrilla y los diferentes tipos humanos que en ella participaron.

Argumento

Al salir de Cádiz, Gabriel, que ya es oficial en el ejército regular, es destinado a apoyar a una partida de guerrilleros comandados por Vicente Sardina. Deja a Inés y Amaranta en Cifuentes, donde ésta posee una casa familiar. En las filas de la guerrilla conoce a pintorescos y recios soldados, como el terrible Antón Trijueque, antiguo sacerdote que se echó al monte para luchar contra los franceses.
Después de unos comienzos amables, se narra con toda crudeza la durísima vida en la guerrilla y las terribles condiciones de miseria en las que vivían los combatientes y la población civil tras años de guerra, con los pueblos saqueados una y otra vez por los desmanes de los franceses y de las partidas españolas.
Tras algunas escaramuzas, el grupo de Sardina, donde lucha Gabriel, cae bajo el mando directo de Juan Martín el Empecinado, célebre héroe nacional, de quien el autor traza un vivo retrato, a ratos heroico, a ratos divertido. Con el tiempo, algunos guerrilleros, encabezados por mosén Antón Trijueque, se sublevan y se pasan a los franceses. Trijueque odia a los franceses, pero se considera el mejor estratega de la historia y lucha contra una invencible búsqueda de notoriedad personal, de modo que comete su defección con la sola idea de poder destacar en el ejército francés, algo que le resulta imposible a la sombra de El Empecinado.
En una emboscada, las tropas de Juan Martín son sorprendidas y diezmadas por las de Trijueque. El Empecinado se despeña por un barranco en el fragor de la batalla, y Gabriel es hecho prisionero y condenado a muerte.
En la prisión, recibe la inesperada visita de Santorcaz, que le ofrece salvar la vida a cambio de pasarse al bando francés. Gabriel declina la oferta ofendido, y Santorcaz, creyéndolo hombre muerto, le da cuenta de sus planes: secuestrar a su hija Inés para vengarse de Amaranta.
Gabriel consigue esa noche fugarse de la prisión y se dirige a pie a Cifuentes, con la intención de llegar antes de Santorcaz y los franceses. Un cúmulo de desgraciadas circunstancias desbarata sus planes: cuando por fin llega a casa de la condesa, la encuentra postrada en la cama, sola y enferma. Inés ha desaparecido. Gabriel jura remover cielo y tierra hasta encontrarla y matar a Santorcaz.
Entretanto, corre la voz de que Juan Martín no ha muerto en la caída, y que se halla en la sierra reuniendo de nuevo a su ejército harapiento. Gabriel se une a ellos, y Antón Trijueque se entrega a El Empecinado exigiendo que lo fusilen. Juan Martín le conmina a arrepentirse y pedir perdón, pero el orgullo del sacerdote le impide hacerlo. El Empecinado hace lo que más puede dolerle a Trijueque: le perdona la vida y lo deja libre. Humillado y vejado por sus antiguos subordinados, el formidable y contradictorio Antón Trijueque termina por quitarse la vida.




 Aquí os dejo unos párrafos donde se nombra el pueblo de Moranchel.


"Cuando el jefe marchó a despachar el almuerzo que le había dispuesto el señor Viriato, mosén Antón me dijo:
-Veo que están ustedes indignados y con mucha razón. No se castiga a nadie, no se escarmienta a los pueblos, no se procura hacer respetables a los soldados de la patria y el rey... Paciencia, señores. Ustedes están indignados como yo por las blanduras de D. Vicente Sardina y D. Juan Martín. El mal viene de arriba, del jefe de nuestro ejército.
Le respondimos que en efecto era grande nuestra cólera; pero que confiábamos en el inmediato triunfo de las ideas de justicia contra la anticuada y rutinaria bondad del jefe de la partida. Él se consoló un poco con esto y fue a dictar órdenes para la mayor seguridad de los prisioneros.
No permanecimos muchas horas en Grajanejos, y cuando la tropa se racionó con lo poco que allí se encontrara, dieron orden de marchar hacia la sierra, en dirección al mismo pueblo de Val de Rebollo, de donde habíamos partido. Nada nos aconteció en el camino digno de contarse, hasta que nos unimos al ejército (pues tal nombre merecía) de D. Juan Martín, general en jefe de todas las fuerzas voluntarias y de línea que en aquel país operaban. El encuentro ocurrió en Moranchel. Venían ellos de Sigüenza por el camino de Mirabueno y Algora, y nosotros, que conocíamos su dirección, pasamos el Tajuña y lo remontamos por su izquierda.
Caía la tarde cuando nos juntamos a la gran partida. Los alrededores de Moranchel estaban poblados de tropa, que nos recibió con aclamaciones por la buena presa que llevábamos, y al punto la gente de nuestras filas se desparramó, difundiéndose entre la gente empecinada, como un arroyo que entra en un río. Encontré algunos conocidos entre los oficiales de línea del segundo y tercer ejército, que D. Juan Martín había recogido en distintos puntos, según las órdenes de Blake, y me contaron la insigne proeza de Calatayud, realizada algunos días antes.
Yo tenía suma curiosidad de ver al famoso Empecinado, cuyo nombre, lo mismo que el de Mina, resonaba en aquellos tiempos con estruendo glorioso en toda la Península, y a quien los más se representaban como un héroe de los antiguos tiempos, resucitado en los nuestros como una prueba de la protección del cielo en la cruel guerra que sosteníamos. No tardé en satisfacer mi curiosidad, porque D. Juan Martín salió de su alojamiento para visitar a los heridos que habíamos traído desde Grajanejos. Cuando se presentó delante de su gente advertí el gran entusiasmo y admiración que a esta infundía, y puedo asegurar que el mismo Bonaparte no era objeto por parte de los veteranos de su guardia de un culto tan ferviente..."
..."Seguí adelante. En el camino unos pastores dijéronme que el Empecinado y D. Vicente Sardina habían pasado muy de mañana por la sierra y que caminaban hacia Yela. Pregunté sobre los atajos que podrían llevarme más pronto a Cifuentes; pero sus noticias eran tan vagas que juzgué prudente seguir por el camino para no perderme. Avanzando siempre encontré antes de llegar a Moranchel un obstáculo en que hasta entonces no había pensado, un obstáculo invencible y aterrador, el Tajuña, bastante crecido para que nadie intentase vadearlo. La barca estaba al otro lado abandonada y sola."

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