lunes, 20 de julio de 2015

“El güertin de la güelita”, de Ignacio Abella





"El güertin de la güelita", de Ignacio Abella
Entre todos los paraísos perdidos de nuestra niñez, existe uno que ocupa un lugar especial en el recuerdo. En cada casa de cada pueblo, había un pequeño jardín de paisana que pertenecía al universo de nuestros abuelos.
En aquel espacio mínimo, había un lugar para cada mundo. Allí se cultivaban los crisantemos para honrar a los muertos de la familia en el cementerio, el día de difuntos. Las calas, azucenas y gladiolos se ponían al pie de santos y altares y en la iglesia se colocaban especialmente los días de fiesta. La casa se vestía también con ramilletes de flores y siempre había algún lilar, matricarias o julianas para dar una nota de aroma y color al propio huerto. Por los rincones se mezclaban estas plantas ornamentales, con las culinarias (perejil, menta, orégano…) y medicinales (ruda, salvia, melisa…) y había una hierba para cada cosa: una regla dolorosa, una mala digestión, una gripe o catarro… También había remedios para los animales y plantas útiles para atar, como el formio, para ahuyentar a los topos, como el tártago y para otros mil usos y necesidades.
Había gente con “mano verde” y un trasiego continuo de esquejes, plántulas y semillas que se pedían y regalaban entre los vecinos. “Me lo dio de buena mano” se decía si alguien te había dado un plantón y había prendido bien, pues era una señal de que te lo habían dado de corazón. El huerto y sus alrededores eran lugar y objeto de largas conversaciones sobre el tiempo y las témporas y los mil y un trucos para cultivar que incluían un refrán para cada ocasión. “Perejil en mayo para todo el año” se decía para recordar la mejor época de siembra, o “La patata y el pumar quieren ver al paisano marchar”, para indicar que se siembran muy someros (otro día haremos quizá un pequeño compendio del refranero hortelano).
Siendo muy niño, recuerdo haber desgranado las semillas de caléndula, haber ido al huerto a por perejil o una hoja de laurel o haber pasado horas incontables literalmente en la higuera, comiendo de cuando en cuando los higos que se abrían, de puro maduros, y estaban señalados por la picada de un pájaro. También recuerdo que había un espacio, junto al pozo, especialmente dedicado a los niños, en el que el abuelo cultivaba unas fresas deliciosas y fragantes que saboreábamos con indescriptible deleite.
Pero antes de nada, este huerto primoroso, tenía la función de alimentar a la familia y siempre había alguna cosecha particularmente generosa. Entonces nos mandaban a los niños con una lechuga, unas ciruelas o una coliflor a la vecina de al lado, o a familiares y amigos, que participaban, asiduamente, de la generosidad de este cuerno de abundancia, en el que se practicaban todas las formas conocidas de solidaridad, intercambio, amistad y generosidad. También se usaban todos los restos de la cocina, y hasta las malas hierbas, para el compost, o para dar de comer a conejos, cerdos y gallinas. Ortigas, pamplinas y murajes… todo tenía un uso y un sentido en este verdadero Arca de Noé, en el que infinidad de especies se alojaban.
Es difícil explicar cómo, en un espacio tan pequeño, puede crecer tanta inteligencia y tanta cultura, tanta intensidad de gestos, nombres, significados, alimentos y medicinas, símbolos y ornamentos… Cómo el pequeño huerto es capaz de alimentar todos los universos, de irradiar en todas las direcciones elementos nutricios que atañen al cuerpo, la mente y el alma. Y aunque hayamos perdido una gran parte de esta tradición, siempre estamos a tiempo de recrear esa cultura en la que los paisanos aprendemos a hacernos cargo de nosotros mismos, cuidando al mismo tiempo nuestra salud y la de nuestros hijos. Practicando la economía cabal y la dignidad de vivir, en un planeta que nos requiere el regreso a la tierra por todos los caminos posibles.
Decía Gandhi que nuestro mundo es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero demasiado pequeño para saciar la ambición de unos pocos. En el güertín de güelita se ha venido demostrando este hecho durante siglos y generaciones incontables.
“El güertin de la güelita”, de Ignacio Abella


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